Hiende las manos en la porosidad saturada de estas paredes de carne que sostienen la casa, o la casa que sostiene la carne; ya aplastada por fuerzas indómitas que pese a incontables intentos, no puede descifrar.
Habrá que arrojarse precipitado a lo insospechado, no por gusto, por necesidad. Sin advertirte, ni siquiera en un descuido, que la casa está viva. Ya tu mirada atónita y vacilante deja entrever la respiración extranjera que oyes cuando te encuentras solo y en penumbras.
¿Qué pensamiento te visita y desvanece cuando azota el relámpago en tu recámara, cámara que retrata un rostro que ha visto lo inefable?
¿Qué pensamientos habitan cuando ni siquiera estás ahí?